Vacía

Por fin.

Mi Magdalena ya está tranquila, al menos bastante más tranquila que estas semanas atrás. El otro día habló con él y le pudo decir lo que sentía, por qué estaba dolida y enfadada con él. Aunque sabe que, seguramente, él se quedó con lo que se quiso quedar de la conversación y, por supuesto, todo le da igual.

Hay gente que confunde ser sincero con decir las cosas sin pensar. Y son cosas bastante diferentes.

Pero bueno, hay gente egoísta y que no quiere ver lo que ha hecho, aunque se lo expliquen tranquilamente. Y sí, él ha sido un egoísta que no se ha preocupado un carajo por Mi Magdalena. Ella lo sabía, pero ahora lo tiene clarísimo. Nadie que no lo sea deja una conversación importante a medias y se va, para no volver a dar señales de vida.

Con eso, terminó de demostrarle todo.

Pero bueno, Mi Magdalena casi está por decirle que gracias, que le ha ahorrado un tiempo precioso poniéndole las cosas así de fácil.

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Vuelven

los recuerdos de Mi Magdalena. Los recuerdos de una semana en la que volvió a su Komala particular. Donde quizá no debió volver porque, ya lo dice el de Úbeda: al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver.

Ahora anda, Mi Magdalena, descubriendo el precio del billete a Komala.

Trabajar

Trabajar. Estudiar. Dormir. Trabajar. Estudiar. Dormir. Seguir trabajando.

Lo que sea está haciendo Mi Magdalena para evitar tenerle en la cabeza. No es que le esté saliendo especialmente bien, porque sigue teniéndole en el pensamiento, pero cada día menos rato.

Irreconocible

Así veo a Mi Magdalena.

No la había visto tan cabreada, tan dolida, en muchísimo tiempo.

Lo cierto es que me asusta verla así, no estoy acostumbrada a que sus enfados duren tanto. Puede ser porque hace mucho tiempo que no le hacían tanto daño.

Está tan enfadada que no puede acordarse de esos días. Está tan enfadada que no puede ni llorar. Y he intentado hacerla llorar, pero no lo he conseguido. Se le llenan los ojos de agua, se emociona un poco y… se pone seria y sigue enfadada.

Quizá si él diese señales de vida, ella pudiese hablar con él, decirle lo que piensa. Y poder soltar toda la rabia que, ahora mismo, le está consumiendo. Y seguir hacia delante.

Es complicado saber

por dónde va a salir Mi Magdalena estos días.

Tiene un nudo dentro de ella que no la deja seguir adelante. Le queda una conversación, decirle todo lo que quiere decirle, no se quiere dejar nada en el tintero. Quiere ser sincera. Ser sincera y decirle que le ha hecho daño, que la próxima vez…oh wait! que no va a haber próxima vez, que a partir de ahora busque otro sitio en el que poder vomitar todos sus pensamientos, ser sincero y cualquier tontería que se le ocurra.

Que sea un inmaduro, un idealista y un tonto del haba en cualquier otro lado. Pero no con ella. Ella ya ha acabado de hacer el gilipollas aquí. Aunque cuando se lo diga se va a pegar el sofocón del mes. Quizá no en ese momento, quizá en la siguiente media hora, quizá dos días más tarde.

Pero ya no aguanta más, Mi Magdalena.

Lo que le jode a Mi Magdalena

Hay muchas cosas que le joden. Una es tenerme despierta a estas horas escribiendo lo que pasa por su (puta) cabecita (loca). Pero dice la muy puñetera que a estas horas es cuando mejor le salen las palabras, cuando todo fluye y sólo tiene que sentarse y vaciarse en el teclado.

Hacerlo a estas horas le jode, especialmente, porque le imagina despierto, en otra cama, con otra persona y ella, mientras tanto, aquí conmigo desahogándose. Sin permitirse pensar en esos días que estuvieron juntos. Le parecen tan lejanos que no siente que haga menos de una semana que no le toca si alarga el brazo en la cama, que no le besa antes de marchar a trabajar, que no le ve al despertar.

Acaba de darse cuenta, me ha dicho, que por fin sabe, Mi Magdalena, por qué no se ha venido abajo estos tres últimos días. Porque ha evitado, y conseguido, pensar en cualquiera de los momentos que pasaron juntos. Porque no ha vuelto a sentarse en el sofá. Pasa de la silla donde no se sentó en esa semana a la cama. Tan cansada que no puede ni pensar, que no quiere ni recordar.

Ya le he dicho que llegará un momento en que tendrá que sentarse de nuevo en el sofá, que tendrá que recordar alguno de los momentos que pasaron juntos. No puede evitarlo siempre, aunque le vaya a doler cuando lo haga.

Me ha mirado y me ha dicho “Ya veremos… quizá si pasa el tiempo necesario, cuando lo haga ya no duela”. Después de eso ha soltado una carcajada que ha sonado un poco a que no tiene muy claro que vaya a ser así, pero que está decidida a intentarlo.

Y ahora, mientras escribo esto, miro a Mi Magdalena y la observo mirar el sofá. Como quien mira con miedo. Como quien no quiere mirar, pero no puede evitarlo.

Al lado del sofá están, en el mismo sitio que él las dejó. Las barritas de incienso. No quiere seguir mirando, Mi Magdalena, ni el sofá, ni las barritas, ni las frutas, ni nada. Quizá otro día se sentará en el sofá, encenderá una barrita de incienso, se hará un porro y escuchará al Maestro. Quizá. Otro día. Hoy no.

La confianza da asco

Qué gran verdad. Esta tarde he estado hablando con Mi Magdalena y me ha pedido que le deje el teclado hoy, que quiere escribir ella.

No sé si algún día leerás esto, no sé si algún día buscarás el blog en el que sabes que se habla de ti. Si te acordarás de alguna frase cuando te leía algunos posts hace unos días, y te dará por ir a Google para ver si eres capaz de llegar hasta aquí.

Si has llegado tienes premio, te voy a contar cómo me has hecho sentir hoy. ¿Te acuerdas de la conversación que tuvimos ese domingo, después que te leyese los posts de este blog mientras estabas en el sofá escuchándome?  Cuando te conté cómo me hiciste sentir hace dos años y como me sentí después, cuando te marchaste. Me dijiste que no me querías hacer daño. Te creí. Fallo mío. Me dijiste que tenías que marchar y te dije que sin problemas, que no era lo mismo que hace dos años. Ni los sentimientos ni las situaciones.

Al día siguiente me dijiste que te quedabas un día más, y al siguiente, que te quedabas otro más. y así hasta el tercero. Me abrí y te conté cómo me habías hecho sentir, cómo no quería volverme a sentir. Que no quería volver a sentirme un kleenex, un segundo plato, no sé… poca cosa.

Y hoy has hecho que me vuelva a sentir así. Que nada ha importado, que nada te ha importado. Sólo hacía 4 días que nos habíamos despedido y has tenido la necesidad de vomitar lo que te pasa por la cabeza. Que igual te gusta tu amiga. Pues de puta madre ¿sabes? Que me alegro por ti y todo eso, pero que la próxima vez que sientas esa necesidad de vomitar cosas porque somos amigos y tenemos mucha confianza, te puedes parar a pensar un poquito en las circunstancias. Un poquito nada más, eh?

Igual decirle eso a una persona con la que has pasado 8 días, con la que has compartido tantas cosas, … sólo 4 días después de haberte marchado, no es lo más acertado. Bueno, igual no… NO es lo más acertado. Me parece estupenda toda la confianza y toda la sinceridad, pero has sido un cabrón. Cero respeto.

Si no sabes si ella te gusta o no, puedes esperar unos días a estar seguro antes de decírmelo. Porque para no querer hacer daño ni hacerme sentir mal, te has cubierto de gloria.

Te he contestado muy sinceramente y quiero que sepas, si alguna vez llegas hasta este blog, que lo he hecho porque valoro tu amistad. Pero ahora mismo, no puedo estar cerca de ti. Porque siempre que estamos muy cerca acabas haciendo/diciendo algo que me hace daño y abre una brecha enorme entre nosotros. No puedo estar cerca de ti ahora. Otra vez no puedo estar cerca tuya.

Algunas cosas tienen consecuencias. Follarte a una buena amiga, estar 8 días con ella, saber que la has ilusionado y decirle a los 4 días que igual la siguiente sí te gusta… tiene algunas. Que tu amiga se enfade y se aleje, es la más clara.